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En la Edad Media, los reyes de Castilla, que residían largas temporadas en la ciudad de Segovia, ya utilizaban las estribaciones de la sierra de Guadarrama para practicar la caza. En el lugar donde se edificó posteriormente el palacio, había un templo construido en el año 1450 por el rey Enrique IV de Castilla, una ermita que años después pasó a manos de los frailes Jerónimos del Parral que construyeron una granja y una posada.
Felipe V, primer rey Borbón de la corona española, quedó encantado con el lugar, comprándolo e iniciando en 1721 las obras del palacio. Más tarde, tras la abdicación del rey, se reservó para su disfrute y el de la reina el Real Sitio y el Palacio.
Con la llegada al trono de Carlos III continuaron las obras iniciadas años atrás, comprando además los montes aledaños, que pertenecían a la ciudad de Segovia, incorporándolos a la corona a perpetuidad. Con el paso del tiempo el palacio fue cayendo en el olvido, una situación que tuvo su culminación con el incendio que sufrió en 1918, experimentando desde entonces diversas restauraciones que culminaron en el año 2000.
Los jardines
Se plantearon para tener más importancia que el propio palacio. La idea era vivir en el campo y construir “una casa pequeña con un gran jardín”. El rey Felipe V planteó su construcción de acuerdo con los gustos franceses, lo que dio lugar a un jardín con abundantes adornos en las fuentes y las esculturas.
Ocupan 146 hectáreas, de las que 67 son auténticos bosques. Dentro del conjunto destacan las fuentes, los grupos escultóricos y las estatuas. Muy espectacular es el lago llamado el Mar, que recibe su caudal de los montes cercanos y del que se nutren las fuentes. Para completar el conjunto se trajeron numerosas especies de árboles de diferentes lugares y países: cedros, tilos, arces, castaños de indias y sequoias.
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